sábado, 29 de octubre de 2011

Las rutas del Requiem Eternam

De las tantas asignaturas raras que cursé cuando estudiaba Filología, Latín Vulgar fue una de las muchas interesantes. De entre las fuentes para el estudio del latín que empleaban las gentes en su día a día abundan los epitafios. Los hay de muchos tipos y casi siempre al final aparece alguna fórmula explicando la eternidad que se le desea al difunto. Existe una fórmula en concreto que siempre me ha hecho mucha gracia por su sarcasmo, aunque se dice que hace referencia de manera poética a la angustia que supone la eternidad bajo tierra. Se trata de "sit tibi terra levis" que se traduciría como "que la tierra no te pese".
A principios de este mes estuve en Granada unos días para dar un concierto y una mañana subí al cementerio para llevarle flores a mi abuela. Situado en la Dehesa del Generalife, un lugar privilegiado de la Alhambra, este campo santo ha sido declarado Bien de Interés Cultural de la ciudad por parte de la Junta de Andalucía y actualmente está incluido en la Ruta Europea de los Cementerios. No es de extrañar. En el cementerio de San José se encuentran las tumbas de personajes importantes de la ciudad y, además, en él se pueden apreciar muestras de la arquitectura y la escultura funeraria romántica y de épocas posteriores. Dejando de banda lo apropiado que a uno le pueda resultar visitar un cementerio todavía en uso, concebir un campo santo como lugar de posible interés turístico implica que el concepto de muerte que representan sus tumbas ya no existe, al igual que los epitafios de época romana son simples frases que se estudian en las universidades.
Antiguamente la muerte formaba parte de la vida de las personas de manera explícita. La mortalidad infantil era alta, los cadáveres se apilaban a causa de una guerra o una epidemia, las familias importantes se procuraban un panteón bien situado cuando se abría un nuevo cementerio, la gente amortajaba a sus muertos y los velaba en casa, entre otras costumbres. Con el mismo dolor que hoy sentimos, la gente se resignaba a que tarde o temprano se produciría la cita inevitable.

A pesar de que aún existen culturas en las que se la considera un estadio más de la vida, hoy en día la muerte se ha transformado en un eufemismo que nos condiciona de una forma de la que no somos conscientes del todo. Artilugios como internet nos permiten ser entes accesibles desde cualquier parte del mundo y dejar un rastro que, según gestionemos, permanecerá cuando desaparezcamos. Igualmente, gastamos mucho dinero en tratamientos anti-edad y nutrimos nuestro cuerpo con productos y alimentos que no lo desgasten. De este y otros modos intentamos arañar unos segundos más de vida. Por eso mismo, resulta bastante irónica la creación de un turismo de cementerio en una época en la que la tierra nos pesa antes de tiempo de una manera exagerada.
Llegados a este punto, me vienen a la cabeza dos cuestiones. Primera, ¿no gestionaríamos mejor nuestra existencia combinando el cuidado de nuestros cuerpos con el hecho de que inevitablemente algún día faltaremos? Segunda cuestión, cuando dentro de un tiempo seamos Historia y se busquen nuevas opciones para incentivar el turismo ¿a alguien se le ocurrirá crear un museo dedicado al anti-aging? Seguro que sí.
© Elisabet Gimeno Aragón 2011

domingo, 2 de octubre de 2011

El hada tintineadora

Cuando se viaja en metro los mismos días a las mismas horas una se acaba encontrando con la misma gente. A lo largo del año esta rutina se ve alterada por los estilismos que vamos luciendo semana tras semana y las conversaciones que mantenemos si viajamos en compañía.
  Aunque nunca he sido muy amiga de meterme en la vida ajena, a veces hago excepciones. Este es el caso de los jueves de hace dos cursos cuando coincidía en el metro con tres niñas de unos seis años. Evidentemente, sus conversaciones no pasaban de cantar las gracias de la última Polly Pocket que les había traído el Ratoncito Pérez o decidir cuál de ellas se parecía más a determinada Princesa Disney. Ahora bien, yo seguía sus charlas porque siempre me ha llamado la atención cómo los niños con un vocabulario tan limitado defienden su peculiar escala de valores. Estas niñas no eran una excepción y pronto tuvieron una discusión muy interesante que me llevó a pensar sobre el modo en que nos enseñan y aprendemos a comunicarnos.
Ese día el tema de conversación era la película Campanilla y el tesoro perdido que el canal Disney había emitido el fin de semana anterior. Mientras dos de las niñas aseguraban que los Reyes Magos les traerían el Dvd de la pizpireta Campanilla, la que se llamaba Anna decía que no pediría ese regalo. Cuando las amigas le preguntaron el motivo de esa decisión, ella muy apenada les contestó que no le gustaba esa hada que decía palabrotas. De todos es sabido que Campanilla tiene un pasado oscuro en el que quería matar a Wendy porque estaba celosa de su amistad con Peter Pan. No obstante, el dechado de virtudes en el que ahora han convertido a la compañera del niño eterno era imposible que hubiera dicho algo que no fuera políticamente correcto. Por supuesto, las amiguitas quisieron saber cuándo su por entonces ídolo había soltado la palabrota. Resulta que en un momento de la película Campanilla se había enfadado consigo misma y dando una patada en el suelo se había recriminado ser un "hada tintineadora". "Tintineadora" ni ha sido, ni es, ni será jamás una palabrota. Ahora bien, con razón a la niña le sonaba muy mal porque llevaba la misma carga emocional que ponemos cuando decimos tacos para liberarnos.
Al aprendizaje del habla le acompaña siempre un proceso de educación que ayudará a integrarnos en la sociedad. En consecuencia, desde muy pequeños empezamos a conocer qué expresiones se pueden usar y cuáles no. Sin embargo, es muy difícil enseñar el tono de voz y los gestos que mejor acompañarán a nuestras palabras. En realidad, eso depende más de las situaciones con las que nos encontramos en la vida y la habilidad de cada uno para desarrollar un lenguaje no verbal que se corresponda siempre con sus intenciones en la justa medida. Personalmente, creo que esta es una de las asignaturas pendientes de cada individuo, la cual casi nadie resuelve en su totalidad por mucho empeño que le ponga. Ahora bien, a veces la sal de la vida reside en anécdotas como la confusión creada por el hada tintineadora.
© Elisabet Gimeno Aragón 2011
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