domingo, 13 de mayo de 2012

Las dos Angélique


El fin de semana pasado alquilé dos películas cuyas protagonistas por casualidad se llamaban Angélique. Ahora bien, aquí se acaban las similitudes. Mientras la pintora de Sólo te tengo a ti está enferma de amor en el sentido clínico de la palabra, la maestra chocolatera de Tímidos anónimos vive un divertido romance condicionado por su timidez. Evidentemente, los guionistas en su día jugaron con el origen celestial del nombre de las protagonistas. Táctica que me hizo pensar en las características que se le atribuyen a cada nombre.
A lo largo de los años me han regalado varias veces el significado y las particularidades de las ocho letras con las que me identifico. Casi siempre la Elisabet descrita guardaba un ligero parecido conmigo y en solo una ocasión podría decirse que el texto hablaba realmente de mí. Si miro a mi alrededor, tampoco puedo encontrar las similitudes entre las Elisabets que pululan por el mundo y yo, porque hace tiempo que no trato con alguna. Además, no resulta fácil intentarlo con otros nombres por dos motivos. Primero: hay que conocer muy bien a la persona ya que los rasgos descritos son siempre de carácter. Segundo: como más abunde el nombre, más variantes de personalidad existirán.
Llegados a este punto, sigo aconsejando que juguéis a buscar las similitudes entre personas que se llamen igual. ¿La razón? Como en el caso de las dos Angélique siempre os podéis encontrar con más de una sorpresa. Al fin y al cabo, ¿no es nuestro nombre la etiqueta de la inquietante caja que somos los humanos?
© Elisabet Gimeno Aragón 2012 

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