domingo, 27 de enero de 2013

El Adán urbano

El "hace tiempo" de esta historia se sitúa en un momento del pasado otoño en el que a las ocho de la tarde aún templaba en la calle Cartagena a la altura de la antigua fábrica Damm. En tales coordenadas espacio-temporales se encontraba la niña problemas en calidad de copiloto cuando, de repente, su progenitora exclamó: "¡Mira, ese hombre va desnudo!" Evidentemente pensé que era una broma. No obstante, giré la cabeza y mis ojos se toparon con un hombre tal cual vino al mundo, pero unos treinta años después.
Adán silvestre con su Eva
 (Lucas Cranach el Viejo, 1528)
Desnudo aparte, lo que más sorprendía era la tranquilidad con la que andaba por la calle. Así que mi mente empezó a elucubrar sobre este Adán y el paraíso urbano en el que viviría. En alguno de los jardines cercanos imposible, porque la noticia ya hubiera saltado a los medios y sería tan famoso como la Moños. En consecuencia, debía habitar entre cuatro paredes y, como no llevaba nada en la mano, alguien tuvo que abrirle la puerta de casa. ¿Se sorprendería esa persona o no? Pregunta que me llevó a otra cuestión: ¿por qué?
Un anuncio o una película no podían ser ya que allí no se veía equipo alguno que inmortalizara las andanzas de nuestro Adán urbano. Otra opción era una campaña publicitaria. Sin embargo, hasta allí donde me alcanzaba la vista ningún logo cubría su piel. De manera que, mientras se alejaba por la calle Rosselló, llegué a formular cuatro posibilidades:
a) Se trataba de una apuesta.
b) La pareja legítima de alguien los había pillado in fraganti y resignado volvía a su Edén particular (suena un tanto vodevilesco pero no deja de ser una opción.)
c) Ese día tenía ganas de provocar.
d) Porque sí.
Dado que no logré averiguar entonces la explicación a esta anécdota, tampoco lo haré ahora. No obstante, ¿por qué será que la última opción siempre me acaba pareciendo la más atractiva?
© Elisabet Gimeno Aragón 2013 



domingo, 13 de enero de 2013

La lluvia de una nube

El día antes al solsticio de invierno andaba yo camino del metro a eso de las cuatro de la tarde. Nada de especial tenía la situación hasta que, de repente, alguien se puso a regar sus plantas con un empeño fuera de lo común. Intenté averiguar quién estaba atentando contra los pocos viandantes que aquella hora pululábamos por la avenida. Sin embargo, me llevé una auténtica sorpresa...
A falta de testimonio gráfico,
una ilustración de Arthur Rackham
Como no localizaba el balcón busqué el punto justo donde caía el agua, pero no podía venir de ningún piso. Si tres carriles formaban la calzada, la cortina de agua desenvocaba justo en el del medio y ningún balcón sobresalía tanto. Entonces, me di cuenta de que aquella agua era la lluvia de una diminuta nube bien delimitada por un rayo de sol que la atravesaba. Aún sorprendida, encontré mi propio reflejo al otro lado de la calle cuando descubrí a una mujer también perpleja ante la visión de tal maravilla. A falta de una cámara, me quedé un instante memorizando aquella imagen. Luego, el tic-tac del reloj me obligó a seguir mi camino.
Hoy quisiera enriquecer un poco más mi anécdota sobre esta nube tan hermosamente reivindicativa e individualista. En primer lugar, me considero muy afortunada por haber presenciado un fenómeno metereológico tan raro. En segundo lugar, no dejo de pensar que el agua fecunda la tierra. Así que ojalá la lluvia de esta nube fortalezca mis proyectos hasta hacerlos realidad. Deseo que extiendo a tod@s vosotr@s.
© Elisabet Gimeno Aragón 2013 




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