domingo, 22 de septiembre de 2013

La otra Alice

Como buena filóloga tengo ordenados mis libros siguiendo unos criterios determinados: género, nacionalidad del autor, etc. De ahí que, rebuscando el otro día en mis estanterías, me diera cuenta de que las obras de ficción se podían dividir en dos subcategorías: las que te enrolan en una aventura completamente ajena a tus circunstancias y las que te convierten en espía. Un espía que, en realidad, también podría denominarse "fisgón", porque estos libros nunca te implican en conflictos internacionales. Al contrario, estas historias se concibieron como un boquete que permite curiosear en la vida de personas con las que hoy mismo podrías cruzarte por la calle.
Este verano he fisgoneado en la vida de Alice, novela homónima de la escritora sarda Milena Agus. Todo empezó porque la portada no me convencía y acabé espiando a una Alicia que ni persigue a un conejo blanco ni come galletas mágicas. No, la magia que rodea a la vulnerable Alice nace del árbol genealógico que crece fuerte a su alrededor y que no se basa solamente en lazos sanguíneos. La nueva familia de Alice se constituye gracias al cariño y respeto que, a pesar de muchas razones, se acaban procesando las personas que la rodean.
Para acabar, os preguntaréis cuál es la prueba que convierte en fisgón literario a cualquiera que lea esta novela. Fácil: la encrucijada final de la historia. Si fuéramos asistentes autorizados a ese suspiro decisivo en la vida de Alice, nos hubieran informado de la elección de la muchacha con todo lujo de detalles. Como no es así, no nos queda otra opción que especular sobre el destino de Alice y constatar que cada rosa tiene su espina.
© Elisabet Gimeno Aragón 2013


domingo, 8 de septiembre de 2013

Cuestión de pedigree

Pensemos en la cantidad de ocasiones en las que para presentarnos hemos usado expresiones como "soy hijo de", "soy prima de", etc. La de veces que hemos recurrido a esta forma de identificación y la de veces que todavía lo haremos en esta vida. No en vano cuando revelamos nuestro árbol genealógico estamos recurriendo a uno de los métodos más efectivos de identificación. Ahora bien, determinado vínculo sanguíneo no implica que de casta le venga al galgo, ni para bien ni para mal.
Los Picapiedra, otra familia de rancio abolengo
Hace unos meses una amiga mía que vive en el extranjero me contó una anécdota muy divertida sobre esta cuestión de los parentescos. Resulta que una familia se propuso recuperar la memoria de un antepasado al que no habían echado cuentas en vida. Como había transcurrido un tiempo desde la muerte del abuelito ilustre, la acción conmemorativa iba desde sus hij@s hasta sus tataraniet@s. De hecho, aquello más que un homenaje era una lucha por ver a quién le había salpicado más el talento del egregio ancestro. Además, no contentos con ello, algunos familiares del genio afirmaban conocer al dedillo su biografía. En consecuencia, parecía que el señor había vivido más de una existencia a la vez; ya que sobre según qué hechos había más de una versión. ¡Hilarantemente triste!
A pesar de que no ha parado de reivindicar que determinado pedigree no implica virtud alguna, la niña problemas quisiera hoy despedirse de vosotr@s desvelándoos su rancio abolengo, porque también lo tiene. Así pues, acabaré declarándome nieta en grado incierto de Adán y Eva. Y que nadie me diga que por culpa suya perdimos el Paraíso y ahora debemos ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente. Nadie puede criticar el desastre de estos lejanísimos abuelos míos porque también son los suyos.
© Elisabet Gimeno Aragón 2013 

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