domingo, 19 de marzo de 2017

Cuando las astillas no quieren parecerse a los palos

Hace ya mucho tiempo la familia Problemas acudió a una comida muy concurrida. De esas en las que extrañas combinaciones de personas producen anecdóticas conversaciones. Siguiendo la norma, acabamos sentados delante de un padre y su hijo mayor. Hablemos primero del padre. Objetiva y subjetivamente esta persona sacaría con nota las oposiciones a progenitor. Eso sí, quizá porque nadie es perfecto, en su día cometió el error de considerar que sus hijos eran mejores que él. Y el mayor tanto se lo creyó que aplica el mismo rasero al resto de la humanidad. Así que un instante en compañía suya resulta todo un trance.
            Durante la comida nos pusimos al día de unas cuantas muchas cosas porque hacía tiempo que no nos veíamos. Y tanto nos pusimos al día que supimos lo que el hijo opinaba del padre. Resulta que hablando de no sé qué tema papá Problemas le preguntó al chico si quería parecerse a su padre. Pregunta a la que siguió un “no” rotundo por respuesta acompañado de una cara de absoluto espanto. Los Problemas nos quedamos de una pieza. Al padre pareció no importarle y el chico se quedó la mar de satisfecho.  
            Ciertamente, nadie es perfecto. Ciertamente, cada uno es bien libre de considerar positivas o negativas las peculiaridades de los demás. Ahora bien, hay que andarse con mucho cuidado. No vaya a ser que de tanto querer evitar según qué defectos se acaben cultivando otros peores.
© Elisabet Gimeno Aragón 2017

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